Nunca
asistió a la escuela por lo que no aprendió a leer ni a escribir, manteniéndose
en una condición que lamenta: “Ojalá supiera leer y escribir, estaría en
Estados Unidos”, dice. Pero firma sus cuadros. ¿Cómo lo hace? Malicia indígena:
“Yo mando a hacer mi nombre en un cuaderno en letra de imprenta y lo copio, lo
dibujo”. También su visión incontaminada del mundo le ha permitido expresarse a
través de la pintura en que recoge la vida elemental que lo rodea.
Desde San Sebastián (Córdoba), Marcial Alegría (1936) retrata su entorno a partir de
las imágenes que pueblan su memoria. Fue agricultor y pescador
y, por herencia de sus ancestros, alfarero. Finalmente, convirtió la pintura en
su oficio. Estas obras son contempladas por su valor pictórico.
Detrás de esas escenas, reflejo de un imaginario propio, también están las historias de una región. En cada una de sus pinturas, Alegría muestra una visión particular sobre el campo cordobés, las poblaciones indígenas, las fiestas y celebraciones de sus pobladores, así como el desplazamiento hacia Venezuela o la tragedia de Armero que conmovió al país.
Detrás de esas escenas, reflejo de un imaginario propio, también están las historias de una región. En cada una de sus pinturas, Alegría muestra una visión particular sobre el campo cordobés, las poblaciones indígenas, las fiestas y celebraciones de sus pobladores, así como el desplazamiento hacia Venezuela o la tragedia de Armero que conmovió al país.
Alegría se entrena a sí mismo, fabrica sus propios pinceles, construye
un mundo en imágenes. El arte autodidacta y el arte académico son, ambos,
sistemas de expresión. Marcial Alegría ha presentado su pintura desde 1971 en distintas
exposiciones en Colombia y en el exterior. Actualmente
enseña a sus nietos a pintar en San Sebastián.


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